- Es que en el depósito ya no debe quedar nada- soltaste desabrido, aburrido, apático y tosiendo por los codos
- Vi mal o le tosió un codo, ciudadano?
- Vio como el orto, porque me tosen los dos. Cuando el peligro acecha, mis codos tosen. Ha sido así desde tiempos inmemoriales, mi general.-
-A la mierda.
El rostro del cabo había estado metamorfoseando en secuencias nítidas, como en un avance cuadro por cuadro, a un justicialismo extremo, fundamentalista, doctrinario.
-Y sí, la única verdá es la realidá, m´hijito. Mire como le meto la doctrina Peronista a esta veterana-. Dijo Perón con su voz de bizcocho grasi-dul, sacó el 38 corto y le sacudió tres cuetazos a la vieja, que en un segundo quedó reducida a escombros y aserrín.
Sonreíste, y pícaro, le dijiste:
- Eh, mi general, no valía chumbar....
Perón sonrió con la sonrisa más peronista que habías visto en tu vida, una sonrisa limpia y diáfana, que emanaba justicia social por las comisuras, sin el menor rastro de amalgama entre sus dientes pétreos. Sopló el humo aún tibio que chimeneaba por el caño, y con el soplido se fue Perón, resucitó la vieja y volvió la austera y renegrida cara del Cabo Bourgignon, para servirle en lo que sea, ciudadano...
sábado, 28 de febrero de 2009
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