Pensaste en voz rara que tendrías que retorcer la remera cuando llegues al depósito y revolear de a uno los soquetes absurdos, el derecho y el zurdo, por avenida Teniente Augusto Soturro.El calor era inhumano. Cocinaba a los perros, literalmente. Los desdichados canes que salpicaban con sus cuerpos el paisaje urbano, buscando un atisbo de frescura echados bajo los toldos o acomodados bajo la insuficiente sombra de algún ñangapirí, terminaban asados en sus propios cueros. A vos, te temblaba la pera en tu corta carrera. Pasaste fugaz, casi tenue, frente a la verdulería de SanPotro, el verdulero del dolor. Y viste que a él le temblaban las peras. En los cajones, se sacudían las peras.
-Puta-, pensaste, - como la estarán pasando las paltas, entonces. Las estoicas paltas. Si estas están así.-
Caminabas absorto, sorteando gente, pispeando ortos. Después de todo,te dijiste, no te iban a reprochar nada. No deberían reprocharte nada. No tenían nada para decirte, nada que no les hubieras avisado. Pero de todos modos una sensación desagradable recorría tu cuerpo entero. Algo te hacía presumir que se avecinaban cosas fuleras porque, sí, otra vez: te tosían los codos. De a uno por vez, tus codos se desgarraban en catarros espasmódicos, en tremulantes esputos salivales (y codales) que salpicaban a todos los que te pasaban por al lado. Vos tratabas de disimularlo, pero te salía muy mal. Hacía un calor de corderos y no tenías nada que pudiera tapar a los huesos tosedores. Y sí, caminabas por Rusticucci en sentido sur, como yendo para Las Chatas, y los codos tosían como poseídos. Vos ya estabas entregado.
jueves, 26 de febrero de 2009
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